Lo que Enrique VIII no previno: grupos enteros de anglicanos pidieron entrar en la Iglesia católica

La ordenación de mujeres, las disputas sobre autoridad y moral y una vieja aspiración de unidad confluyeron en una solución insólita: convertirse al catolicismo sin perder todo aquello que habían recibido de la tradición anglicana

Miércoles de Ceniza de 2011

El Miércoles de Ceniza de 2011 ocurrió algo extraordinario en Inglaterra. Aproximadamente 900 laicos y clérigos de la Iglesia de Inglaterra dejaron su ministerio público anglicano y comenzaron cuarenta días de preparación. Durante la Semana Santa, cerca de mil hombres, mujeres y jóvenes fueron recibidos en la Iglesia católica. No llegaban como individuos dispersos que abandonaban silenciosamente una confesión para ingresar en otra. Muchos llegaban juntos: sacerdotes con sus comunidades, familias enteras, grupos parroquiales. Roma había creado para ellos algo que hasta entonces no existía.

Dos años antes, el 4 de noviembre de 2009, Benedicto XVI había promulgado Anglicanorum coetibus. La Constitución comenzaba dejando claro que la iniciativa no había nacido de una campaña vaticana para captar anglicanos: eran grupos anglicanos los que habían pedido repetida e insistentemente ser recibidos corporativamente en la Iglesia católica. La respuesta del Papa consistió en crear los Ordinariatos personales.

Esta historia no había comenzado ni siquiera en 2009. No podía explicarse solamente por las controversias que entonces atravesaban al anglicanismo. Desde el Movimiento de Oxford del siglo XIX existía dentro del anglicanismo una corriente que miraba hacia las raíces católicas de la Iglesia inglesa. Más tarde llegaron las conversaciones de Malinas y, desde la década de 1960, el largo diálogo oficial de la Anglican–Roman Catholic International Commission —ARCIC—. El actual Ordinariato de Nuestra Señora de Walsingham sitúa expresamente su propia historia dentro de ese prolongado deseo de reunificación con Roma.

Durante un tiempo pareció incluso posible que las distancias disminuyeran pero aparecían nuevos obstáculos.

Uno fue particularmente profundo: la ordenación de mujeres. La primera ordenación de una mujer al presbiterado en la Iglesia Episcopal de Estados Unidos tuvo lugar en 1976. Para la Iglesia católica no se trataba simplemente de una diferencia disciplinaria que pudiera negociarse: Roma consideraba que la reserva del sacerdocio ministerial a los varones pertenecía al ámbito doctrinal. La discrepancia afectaba así al ministerio, a la Eucaristía y a la comprensión de la constitución sacramental de la Iglesia.

La cuestión acabó dividiendo también internamente al anglicanismo. En 2010, el cardenal William Levada recordaba que más de 300 parroquias de la Iglesia de Inglaterra se habían negado a recibir el ministerio de obispos que ordenaban mujeres y habían necesitado formas alternativas de supervisión episcopal. La eventual admisión de mujeres también al episcopado hacía todavía más difícil cualquier perspectiva de reconocimiento mutuo de los ministerios.

Otro punto de ruptura.

Durante los años siguientes se produjeron fuertes conflictos dentro de la Comunión anglicana sobre la ordenación de clérigos homosexuales y sobre las bendiciones y posteriormente el reconocimiento de uniones del mismo sexo en algunas de sus provincias. Levada señaló expresamente en 2010 que estas cuestiones habían provocado fuertes tensiones tanto dentro del anglicanismo como en sus relaciones ecuménicas con Roma y que, para algunos anglicanos, habían contribuido a impulsar las peticiones de una posible unión corporativa con la Iglesia católica.

El problema de fondo era todavía más amplio: ¿quién posee autoridad para decidir qué puede cambiar y qué pertenece a la constitución recibida de la Iglesia?

Para un sector del anglicanismo de sensibilidad anglo-católica, las sucesivas decisiones de sus Iglesias no eran solamente reformas que no compartían. Planteaban una cuestión más profunda acerca de la continuidad de la tradición apostólica y de la autoridad capaz de custodiarla.

Eso explica por qué reducir el nacimiento de los Ordinariatos a “anglicanos que se hicieron católicos porque ordenaron mujeres” sería históricamente insuficiente. Había una vieja búsqueda de comunión con Roma. Pero las controversias sobre el sacerdocio femenino, el episcopado, la moral sexual y la autoridad eclesial actuaron como aceleradores de un proceso que llevaba décadas madurando.

Una puerta que permitía entrar juntos

La solución de Benedicto XVI fue jurídicamente novedosa.

Hasta entonces, un anglicano podía hacerse católico individualmente. Un sacerdote episcopaliano casado podía incluso, en determinadas circunstancias, ser ordenado sacerdote católico gracias a la llamada Pastoral Provision creada durante el pontificado de Juan Pablo II en 1980. Pero las comunidades que daban ese paso normalmente quedaban integradas en las diócesis católicas locales. Anglicanorum coetibus cambió la escala.

Ahora era posible que una comunidad entrara como comunidad. Podía conservar elementos de su liturgia, su música, su espiritualidad, su estilo pastoral y ciertas formas de organización, pero profesando íntegramente la fe católica y quedando en plena comunión con el Papa y con los obispos católicos. El Ordinariato sería jurídicamente equiparable a una diócesis y estaría dirigido por su propio Ordinario.

No se trataba de crear una “Iglesia anglicana católica” independiente. Tampoco de mantener provisionalmente a los conversos a mitad de camino entre Canterbury y Roma. Eran católicos. Pero Roma no les exigía que olvidaran toda la historia religiosa que los había conducido hasta allí.

Tres obispos cruzan la puerta

El primer gran episodio ocurrió en Inglaterra.

Tres obispos en ejercicio de la Iglesia de Inglaterra —John Broadhurst, Andrew Burnham y Keith Newton— anunciaron públicamente que ingresarían en el futuro Ordinariato. El 1 de enero de 2011 fueron recibidos en la Iglesia católica en la catedral de Westminster junto con dos de sus esposas y tres antiguas religiosas anglicanas. Dos semanas más tarde los tres antiguos obispos fueron ordenados sacerdotes católicos. Ese mismo 15 de enero quedó formalmente erigido el Ordinariato Personal de Nuestra Señora de Walsingham, y Keith Newton fue nombrado su primer Ordinario.

La escena contenía algunas paradojas que mostraban hasta qué punto Roma había creado una solución a medida de una situación ecuménica excepcional.

Newton había sido obispo anglicano. Como hombre casado podía ser ordenado sacerdote católico, pero no obispo católico. Sin embargo, como Ordinario podía gobernar aquella circunscripción con autoridad jurisdiccional. Las normas de Anglicanorum coetibus contemplaron expresamente esa posibilidad para antiguos obispos anglicanos casados.

Y no llegó solo. Durante los meses siguientes entraron comunidades enteras. Con el tiempo, decenas de antiguos clérigos anglicanos fueron ordenados para servir a esos fieles, y comunidades que habían celebrado durante generaciones el culto anglicano comenzaron a hacerlo dentro de la Iglesia católica.

¿Qué conservaron los nuevos fieles del ordinariato?

La respuesta quizá sea la parte más apasionante. Conservaron oraciones, formas litúrgicas, música coral, cadencias del Book of Common Prayer, una particular tradición de predicación y una sensibilidad espiritual desarrollada durante siglos en Inglaterra. La Santa Sede aprobó posteriormente una forma litúrgica propia, Divine Worship, para expresar ese patrimonio dentro del culto católico.

Y en 2026, más de quince años después del experimento inicial, los obispos de los Ordinariatos se reunieron en Roma para preguntarse qué quedaba realmente de aquella herencia. Su respuesta mostró que era bastante más que una determinada manera de celebrar la misa.

Hablaron de un ethos eclesial en el que laicos y clérigos participan intensamente en la vida comunitaria; de la belleza de la música y la liturgia como instrumento de evangelización; del contacto directo con los pobres; de la centralidad de la familia; de la tradición bíblica y de la predicación; del ritmo casi monástico de la oración; y de una particular atención a la dirección espiritual y al sacramento de la Penitencia.

Es decir: Roma no estaba intentado conservar una cultura cristiana.

Una solución católica (universal) a una ruptura anglicana

Hoy existen tres Ordinariatos personales surgidos de aquella decisión: Nuestra Señora de Walsingham; la Cátedra de San Pedro, que reúne comunidades de Estados Unidos y Canadá; y Nuestra Señora de la Cruz del Sur, con sede en Australia.

Su existencia no significa que el diálogo entre Roma y Canterbury haya terminado. De hecho, la creación de los Ordinariatos no sustituyó el diálogo ecuménico institucional. Benedicto XVI mantuvo simultáneamente ambas vías: continuar buscando la unidad con la Comunión anglicana y recibir plenamente a quienes entendían que para ellos esa búsqueda había llegado ya a su conclusión personal o comunitaria. Quizá ahí radique la peculiaridad histórica de Anglicanorum coetibus.

Durante siglos, convertirse al catolicismo significaba para un anglicano cruzar individualmente una frontera. En 2009 Roma hizo algo distinto: permitió que determinados grupos cruzaran esa frontera juntos, llevando consigo una parte de su propia casa.

No todo el anglicanismo caminó hacia Roma. Ni quienes lo hicieron llegaron por una única razón. Pero para aquellos grupos que ya no encontraban dentro de su propia Comunión la continuidad doctrinal y sacramental que buscaban, la decisión de Benedicto XVI ofreció una respuesta singular: plena comunión católica sin exigir la destrucción de todo el patrimonio cristiano que había precedido a esa comunión. Esa sigue siendo, hasta hoy, la razón de ser de los Ordinariatos personales.

Fuente de referencia:

Cardenal William Levada, Five Hundred Years After St. John Fisher: Pope Benedict’s Initiatives Regarding the Anglican Communion, 2010; fuente especialmente importante para documentar la ordenación femenina, las controversias sobre homosexualidad y su relación con determinadas peticiones anglicanas.

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